Damian Filut
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La educación superior: la última frontera

Educación SuperiorSiglo XXI

Qué es y qué debería ser

En la Educación Superior estamos acostumbrados a hablar de profesores, y no de educadores; estamos acostumbrados a hablar de metodología de investigación —“escribir o desaparecer”— y no de metodología de enseñanza, es decir, de pedagogía.

Todos sabemos que la educación no se trata de publicar, aunque en la academia esa sea la forma de progresar. La educación no se trata de eficiencia, sino de preparar a las futuras generaciones para dirigir y convivir en este mundo. La enseñanza es el medio por el cual los maestros guían a los estudiantes y alcanzan estos objetivos.

Sabemos que la investigación es importante, pero en esta ocasión vamos a centrarnos en la enseñanza. Queda claro que los profesores progresan en el mundo académico investigando y publicando. También sabemos que las instituciones técnicas de educación superior deben proporcionar conocimientos técnicos lo más rápido y eficientemente posible, para preparar y formar a más profesionales. Pero propongo dejar de lado estos dos supuestos, y centrarnos en el supuesto de que la educación tiene como objetivo preparar a las futuras generaciones.

Por consiguiente:

Las instituciones de educación superior (universidades, academias, seminarios e institutos de tecnología) tienen una gran responsabilidad sobre sus hombros: son las últimas en “encontrarse” con las generaciones futuras.

Si estamos de acuerdo con esta “simple” idea, hay algunas preguntas que debemos hacernos, y los invito a pensarlas juntos.

¿Estas instituciones proporcionan Certificados, o una Educación?

Hoy en día, los estudiantes de educación superior entienden que sus estudios son “claves” para su futuro. Saben que tienen que recorrer este camino y seguir adelante.

Aunque el Consejo de Educación Superior (en Israel) supervisa estas instituciones, y su presidencia recae en el Ministro de Educación, está claro que estas instituciones están organizadas de manera muy distinta a cualquier otra institución educativa que pertenezca al ministerio. En muchos casos, no ven su responsabilidad con la sociedad como una meta principal, en comparación con el resto del sistema educativo.

A veces parecen más interesadas en “clientes” y “asociaciones” que en “estudiantes” y en “colaboración con la comunidad”. Se enfocan más en los ingresos que reciben por estudiante y por proyecto de investigación, que en el valor social de un ciudadano bien educado y responsable que está por entrar al “mundo real”.

Para mi sorpresa:

Al hablar con los estudiantes (en la Universidad Hebrea de Jerusalén, durante una de mis visitas), resultaron ser mucho menos prácticos y funcionales de lo que yo imaginaba, y mucho más involucrados y comprometidos. Expresaron un sentido de pertenencia hacia la institución, y un interés por recibir una Educación.

El hecho de que quisieran un certificado de una universidad reconocida no significaba que no desearan también buenos profesores y un proceso educativo significativo, algo que dijeron que también les importaba.

Al parecer, las universidades no solo entendieron esto, sino que también comenzaron a invertir en el desarrollo de mejores maestros. Cuando me reuní con el Prof. Aaron Palmon —Jefe del Centro de Enseñanza y Aprendizaje de la Universidad Hebrea—, una de las cosas que más me sorprendió fue cuán atento e interesado estaba ese centro en adaptar el proceso y los contenidos a las necesidades y preferencias de los estudiantes. Un ejemplo es un formulario de evaluación con el que los alumnos califican a sus profesores. A diferencia de otros formularios de la universidad, que a los estudiantes les interesa menos responder, este centro desarrolló un formulario cuya tasa de respuesta creció rápidamente. La razón: pusieron a los estudiantes en el centro, y no los objetivos de la universidad.

¿Es la enseñanza en clase un efecto colateral de la investigación, o es parte de la profesión del Profesor en sí misma?

En el mundo académico, el camino hacia el progreso individual pasa por la publicación. El problema es que las universidades no siempre cuentan con los fondos o los contactos para ayudar a sus docentes a publicar. Por eso los profesores universitarios no se preocupan por la enseñanza: trabajan en la universidad para poder dedicarse a su investigación.

Más aún, cuando miramos a los seminarios, academias e institutos de tecnología, muchos instructores son profesionales que enseñan para obtener ingresos adicionales.

En ambos casos, el hecho de que no disfruten ni se preocupen por la enseñanza está relacionado con que, en su mayoría, no son educadores y/o no saben cómo enseñar.

Después de revisar cinco instituciones de educación superior reconocidas en Israel, me sorprendí de nuevo:

En la última década se crearon centros o departamentos de Enseñanza y Aprendizaje. De hecho, estas instituciones ahora se ocupan del desarrollo profesional de sus profesores. Es más, hoy en día cada institución de Educación Superior en Israel cuenta con uno de estos centros, en los que se invierten muchos recursos.

Los investigadores ahora disfrutan de la enseñanza, y como consecuencia se atreven a aventurarse con nuevas tecnologías o metodologías en sus clases, armando aulas volteadas o usando aplicaciones educativas durante la clase.

¿Es la Universidad clásica parte del futuro de la Educación Superior?

Algunas novedades amenazan el statu quo clásico de la educación superior: por ejemplo, los MOOCs y las universidades en línea.

MOOCs — Los cursos abiertos masivos en línea son ofrecidos por muchas plataformas. Allí uno puede encontrar todo tipo de cursos para su propio desarrollo. Hoy en día, incluso las universidades más grandes están ofreciendo cursos como MOOCs. No todo el contenido está disponible, y no todo es gratuito. Esto demuestra que las universidades siguen siendo relevantes en este nuevo mundo.

Las universidades en línea importan porque llegan a lugares y personas que de otro modo no tendrían acceso a la educación superior.

De cualquier manera, ninguna de las dos reemplaza el concepto de universidad. En mi opinión, no creo que las universidades vayan a desaparecer en el corto plazo. En un mundo que sufre de infoxicación (demasiada información, al punto de que no podemos decidir qué es bueno y qué no lo es), estas instituciones importan.

Asimismo, el ingrediente social sigue desempeñando un papel importante: el maestro como modelo a seguir, y los compañeros de clase para el aprendizaje entre pares y la interacción social. Esto será difícil de reemplazar, incluso con la tecnología más avanzada.

Para concluir: la educación superior comenzó como centros de formación pensados para preparar a los jóvenes para el trabajo. De la misma manera, las escuelas que conocemos hoy fueron creadas durante la revolución industrial y el colonialismo europeo, con un objetivo distinto. Las escuelas han cambiado en algunos aspectos —un tema delicado que trataré en otro momento— porque nuestra percepción, como sociedad, de para qué sirve la escuela ha cambiado. Lo mismo está sucediendo con las instituciones de Educación Superior. Las etapas de la vida han cambiado —la adolescencia, por ejemplo, se ha alargado— y nuestras expectativas respecto de la Educación Superior están cambiando con ellas.

Hoy en día, el sistema de educación superior es “la última frontera”, en la que la futura generación debe aprender los valores, ideas y habilidades que necesita para su vida adulta. El sistema de educación superior es la última frontera en la que la generación futura puede cuestionar los asuntos que importan sobre su país, su sociedad, su cultura o incluso sus creencias. El sistema de educación superior es la última frontera en la que las futuras generaciones pueden moldear su identidad y su comprensión del mundo, y de todo lo que las rodea.

Y los maestros de Educación Superior necesitan estar allí para ellos: listos para guiarlos y apoyarlos, para proporcionarles una educación, y para permanecer relevantes a lo largo de este proceso.